SINOPSIS
Evelyn recuerda todas sus vidas pasadas y también recuerda que, en cada una de ellas, Arden ha terminado asesinándola. Él es un ser sobrenatural unido a su alma y condenado a encontrarla una y otra vez. Esta vez, sin embargo, Evelyn no está dispuesta a dejarse arrastrar por el mismo destino: su hermana pequeña depende de ella y hay demasiado en juego. Para romper el ciclo tendrá que localizar a Arden antes de que él la encuentre, descubrir por qué sus vidas están enlazadas y enfrentarse a una verdad todavía más peligrosa: quizá el amor que comparten sea tan antiguo como la maldición que intenta destruirlos.
BOOK SHORT REVIEW
ENGLISH REVIEW
Our Infinite Fates begins with a premise designed to feel enormous: two souls bound across centuries, lovers and killers in an endless succession of lives. Laura Steven’s most intelligent decision is to resist treating reincarnation as spectacle alone. The novel certainly enjoys the visual and emotional possibilities of moving through different eras, bodies and identities, but the real subject is memory. Evelyn does not simply remember previous incarnations; she carries their grief, tenderness and accumulated fatigue. Every new life begins under the pressure of all the ones that came before, and the story becomes less about whether fate exists than about whether a person can remain free when the past knows her better than she knows herself.
The relationship between Evelyn and Arden is built on contradiction from the first pages. He is the person most intimately connected to her and also the person who has repeatedly killed her. Steven makes that paradox productive rather than merely provocative. Their history is not revealed as a linear romantic destiny, but as a sequence of fragments that keep changing the meaning of what came before. A scene that first reads as betrayal may later look like protection; tenderness can contain manipulation; hatred can preserve the shape of an attachment long after its origin has been forgotten. The result is a version of enemies-to-lovers that actually takes the word “enemies” seriously.
What gives the novel weight beyond its central romance is Evelyn’s present life. Her younger sister is not a narrative excuse to keep the protagonist from surrendering to destiny; she represents the first bond Evelyn experiences as belonging unmistakably to this incarnation. That matters. Reincarnation stories often make current relationships feel temporary beside eternal ones, but Steven understands the cruelty of that hierarchy. If a love has lasted centuries, does that automatically make it more valuable than a sibling who needs you now? The book’s emotional tension comes from refusing an easy answer. Evelyn wants to break the cycle not because she has stopped caring about Arden, but because she has finally found something she refuses to sacrifice to him.
The historical episodes are where Steven’s prose becomes most vivid. She moves between periods without turning them into decorative costume changes, finding small sensory details that distinguish each life while allowing certain images and gestures to recur. Those repetitions create a strong rhythm: the reader begins to anticipate patterns before Evelyn fully understands them. Occasionally the structure risks becoming too symmetrical, and the middle section can feel as though it is delaying answers the reader has already started to suspect. Yet the delay also serves the novel’s larger idea. Repetition is the prison. The reader should feel the frustration of arriving at the same emotional crossroads under different names.
The final movement works because it shifts the scale. What initially seemed like a grand cosmic romance becomes a much more intimate argument about consent, choice and the stories we inherit. Steven does not throw away the fantasy mechanics, but she uses them to ask a human question: if love is inevitable, is it still love? The answer the novel offers is generous without being naive. Devotion matters, but only when it can survive freedom. Our Infinite Fates is lush, melancholy and compulsively readable, with a concept large enough to attract readers and an emotional core disciplined enough to keep them there.
SPANISH REVIEW
Nuestros destinos infinitos parte de una premisa construida para parecer enorme: dos almas enlazadas durante siglos, amantes y asesinos en una sucesión interminable de vidas. La decisión más inteligente de Laura Steven consiste en no tratar la reencarnación únicamente como espectáculo. La novela disfruta de las posibilidades visuales y emocionales de saltar entre épocas, cuerpos e identidades, pero su verdadero asunto es la memoria. Evelyn no se limita a recordar sus encarnaciones anteriores: carga con su duelo, su ternura y su cansancio acumulado. Cada vida nueva comienza bajo el peso de todas las anteriores y el relato termina preguntando menos si existe el destino que si una persona puede seguir siendo libre cuando el pasado la conoce mejor que ella misma.
La relación entre Evelyn y Arden se construye desde la contradicción. Él es la persona que mantiene con ella el vínculo más íntimo y, al mismo tiempo, quien la ha asesinado repetidamente. Steven convierte esa paradoja en material narrativo y no en simple provocación. La historia de ambos no aparece como un destino romántico lineal, sino como una serie de fragmentos que modifican constantemente el significado de lo que ya hemos leído. Una escena que parecía traición puede terminar pareciendo protección; la ternura puede esconder manipulación; el odio puede conservar la forma de un apego incluso cuando su origen se ha perdido. El resultado es un enemies to lovers que, por una vez, se toma muy en serio la palabra “enemigos”.
Lo que da peso a la novela más allá del romance es la vida presente de Evelyn. Su hermana pequeña no funciona como una excusa para impedir que la protagonista se abandone al destino, sino como el primer vínculo que Evelyn siente inequívocamente propio de esta encarnación. Y eso cambia todo. Muchas historias de reencarnaciones convierten las relaciones actuales en algo menor frente a los amores eternos; Steven entiende la crueldad de esa jerarquía. Si un amor ha durado siglos, ¿eso lo hace necesariamente más valioso que una hermana que te necesita ahora? La tensión emocional nace de negarse a ofrecer una respuesta fácil. Evelyn quiere romper el ciclo no porque haya dejado de sentir algo por Arden, sino porque por primera vez ha encontrado algo que se niega a sacrificarle.
Los episodios históricos son también el lugar en el que la prosa de Steven alcanza su versión más vívida. Cambia de época sin convertir cada periodo en un simple cambio de vestuario y encuentra pequeños detalles sensoriales que distinguen las vidas mientras determinadas imágenes y gestos regresan. Esas repeticiones producen un ritmo muy eficaz: el lector empieza a reconocer patrones antes de que Evelyn termine de comprenderlos. En algún momento la estructura se vuelve quizá demasiado simétrica y el tramo central parece retrasar respuestas que ya empezamos a sospechar. Aun así, ese retraso tiene sentido dentro de la idea principal. La repetición es la cárcel, y el lector debe sentir parte del agotamiento de llegar una y otra vez al mismo cruce emocional bajo nombres distintos.
El desenlace funciona porque cambia la escala. Lo que parecía una gran historia de amor cósmico termina convertido en una discusión mucho más íntima sobre consentimiento, elección y relatos heredados. Steven no abandona la mecánica fantástica, pero la utiliza para formular una pregunta profundamente humana: si amar a alguien es inevitable, ¿sigue siendo amor? La respuesta es generosa sin resultar ingenua. La devoción importa, pero solo cuando puede sobrevivir a la libertad. Nuestros destinos infinitos es exuberante, melancólica y muy adictiva, con una idea lo bastante grande para atraer y un centro emocional lo bastante preciso para quedarse después de cerrar el libro.
// Autora: Laura Steven // Editorial: UMBRIEL
SOBRE LA AUTORA
Laura Steven es una escritora británica de narrativa juvenil y fantástica. Ha publicado novelas como Nuestros destinos infinitos y, bajo el nombre L. K. Steven, desarrolla también fantasía adulta. Su obra combina estructuras de género con una atención muy marcada a la identidad, el deseo, la memoria y las relaciones de poder. Vive en el Reino Unido y compagina la escritura con una conocida afición por la lectura de fantasía, el ajedrez y los videojuegos.



