SINOPSIS
Después de una discusión aparentemente menor, Marta y Antonio se separan. Él, un chef en ascenso, se refugia en el trabajo; ella se encierra en sí misma hasta descubrir que su falta de apetito no procede solo del desamor. Una grave enfermedad transforma su relación con el tiempo, la comida, el deseo y las personas que todavía forman parte de su vida.
Movie Short Review
English review
Three Goodbyes is built from material that could easily collapse into tasteful tragedy: a breakup, a terminal diagnosis, Rome photographed in soft light and a protagonist learning to notice life just as it becomes finite. Isabel Coixet mostly avoids that trap because she understands that Marta’s illness is not interesting as a lesson for other people. It is interesting because it changes the scale of ordinary things. Food, music, irritation, sex, friendship and silence suddenly become measurable against time. Alba Rohrwacher makes that recalibration almost entirely physical.
Rohrwacher is the film’s decisive strength. She refuses the expected performance of noble suffering and gives Marta awkwardness, impatience and flashes of vanity alongside fear. Elio Germano is quieter as Antonio, a man who leaves before realizing what departure will mean, while Francesco Carril and the supporting cast provide alternatives to the closed circuit of the former couple. Coixet’s camera is affectionate toward faces and spaces, sometimes excessively so, but the intimacy suits a story about all the things people fail to say until saying them becomes urgent.
The objections raised by more skeptical critics are not difficult to see. The film can polish grief until it resembles an advertisement for sensitivity, and a few secondary episodes feel imported from a collection of stories rather than fully absorbed into one dramatic line. Its first movement is deliberately slight, and the symbolism around appetite occasionally announces itself too clearly. But the movie improves whenever Coixet stops arranging meaning and simply watches Marta exist.
That is why the final effect is warmer than the premise suggests. Three Goodbyes is not really about making peace with death; it is about recovering permission to participate in life without pretending the ending has disappeared. Coixet does not reinvent her cinema here, but Rohrwacher gives familiar concerns unusual precision. The film’s sentimentality is real, yet so is its intelligence about farewell: most goodbyes happen before we understand they were goodbyes.
Spanish review
Tres adioses parte de materiales que podían derrumbarse con facilidad en el melodrama prestigioso: una ruptura, un diagnóstico terminal, Roma fotografiada con luz suave y una protagonista que aprende a mirar la vida justo cuando esta se vuelve finita. Isabel Coixet evita en buena medida esa trampa porque entiende que la enfermedad de Marta no interesa como lección para los demás, sino porque modifica la escala de las cosas corrientes. La comida, la música, el enfado, el sexo, la amistad y el silencio empiezan a medirse contra el tiempo. Alba Rohrwacher expresa esa transformación casi únicamente con el cuerpo.
Rohrwacher es la gran razón para ver la película. Rechaza la interpretación esperable del sufrimiento noble y concede a Marta incomodidad, impaciencia y hasta vanidad junto al miedo. Elio Germano trabaja en un registro más contenido como Antonio, un hombre que se marcha antes de comprender lo que significará realmente irse. Coixet filma rostros y espacios con enorme afecto, a veces con demasiado, pero esa intimidad encaja en una historia sobre todo aquello que las personas no dicen hasta que decirlo empieza a ser urgente.
Las objeciones de las críticas más escépticas son comprensibles. La película puede pulir el dolor hasta acercarlo a una estética de la sensibilidad, y algunos episodios secundarios parecen proceder de relatos distintos que no terminan de integrarse en una única línea dramática. El primer tramo resulta deliberadamente liviano y el simbolismo del apetito se explica más de lo necesario. Sin embargo, la película mejora cada vez que Coixet deja de ordenar el significado y se limita a observar a Marta viviendo.
Por eso el efecto final es bastante más luminoso de lo que su argumento permite imaginar. Tres adioses no habla realmente de reconciliarse con la muerte, sino de recuperar el permiso para participar en la vida sin fingir que el final ha desaparecido. Coixet no reinventa aquí su cine, pero Rohrwacher concede una precisión especial a sus obsesiones habituales. Hay sentimentalismo, sí, aunque también una idea muy certera sobre las despedidas: muchas ocurren antes de que comprendamos que lo eran.



