SINOPSIS
Adam Godley, un matemático anciano que permanece en coma, recibe en la casa familiar de Arden a unos allegados que conviven con sus propios conflictos. Los dioses griegos observan y alteran la vida mortal.
BOOK SHORT REVIEW
ENGLISH REVIEW
John Banville's Los infinitos gathers the Godley family around the dying mathematician Adam, who remains conscious despite being unable to communicate. The situation might support a conventional novel about grief and unfinished relationships. Banville introduces a second scale of observation: Greek gods watch the family and occasionally intervene in mortal affairs. Domestic uncertainty is placed alongside immortal caprice, turning the approach of death into a meditation on time and perspective. The narrative does not require an elaborate external plot. The vulnerability of relationships in the presence of an approaching loss gives it a more subtle dramatic centre.
Hermes, both narrator and observer, supplies a particularly fruitful distance from human behaviour. From the perspective of someone not governed by mortality, family anxieties can appear disproportionate. Yet the gods are not presented as morally superior beings. They experience jealousy, boredom, desire and vanity. This inversion produces a philosophical question: is existence without an ending genuinely enviable if limits give human commitments their weight? Banville uses mythology to examine ordinary experience and allows comedy to coexist with solemnity. Divine perspective does not eliminate human significance; it makes that significance more surprising.
Arden, the family home, concentrates relationships complicated by the passage of time. The return of children and visitors revives roles that were never completely abandoned. A family is not simply a collection of individuals linked by birth. It contains repeated expectations and ways of recognising one another that can persist long after circumstances change. Adam's condition requires the household to confront this inheritance when opportunities for repair are shrinking. Physical proximity does not guarantee understanding, and grief may begin long before death. Each visitor carries a slightly different account of what the family has been.
The title connects Adam's mathematical interests with the possibility of multiple worlds. Infinity is not merely an extremely large quantity; it challenges the assumption that the observable world exhausts every conceivable alternative. The idea resonates with the characters' choices. Each might have lived differently but possesses only one realised life. Banville turns abstraction into emotional experience: decisions transform a multitude of possibilities into a particular history. The irony is that the gods may contemplate alternatives indefinitely, while humans find meaning precisely because they must commit themselves to a finite course.
The mythological perspective also changes the meaning of narrative knowledge. A divine speaker may appear omniscient, yet knowing all the characters' movements is not necessarily the same as understanding what those movements mean to them. The gods observe from a temporal horizon detached from human urgency. This difference generates irony as well as emotional limitation. Banville explores a situation in which supposed cognitive superiority coexists with an inability to experience loss fully. While visitors to Arden negotiate their ordinary conflicts, Adam's life approaches a boundary that cannot be postponed. Small incidents consequently retain enormous importance because they cannot be repeated indefinitely. The novel becomes an inquiry into the effects of limited time on human relationships. Characters have reasons for acting that they cannot always express and that others may misunderstand. Humour tempers the solemnity of this discovery without cancelling its sadness. The coexistence of those registers is what makes Banville's fiction intellectually playful and emotionally persuasive.
Reading the novel requires a degree of distance from conventional plot expectations. Ordinary events acquire importance through narrative form and the contrast between divine and human points of view. Banville trusts language to turn domestic details into reflections on what existence means. The approach may demand patience from readers expecting relentless forward action, but it provides a different reward. Literature does not need extraordinary events to examine philosophical concerns. A familiar gesture, observed from another temporal scale, can contain an inquiry into the value of life itself and the forms of attention through which that value becomes perceptible.
Los infinitos rewards readers who enjoy linguistic density, changing perspectives and the mixture of humour and melancholy. It does not pursue the relentless pace of a thriller or a sequence of sensational family revelations. Its pleasures are the precise observation of gestures, desires and misunderstandings and its imaginative freedom in combining domestic tragedy with mythological play. The novel's most affecting reversal is that mortals envy gods for the ability to endure forever, while the gods may lack the quality that makes a single human moment irreplaceable.
SPANISH REVIEW
Los infinitos reúne a la familia Godley alrededor del anciano Adam, matemático que se encuentra próximo a la muerte. Su conciencia persiste, aunque los demás no puedan comunicarse con él. A primera vista, la situación permitiría construir una novela familiar convencional sobre la despedida y los secretos pendientes. John Banville introduce, sin embargo, otra escala: los dioses griegos observan las vidas humanas e interfieren ocasionalmente en ellas. La convivencia entre mortalidad y capricho divino transforma una experiencia doméstica en una reflexión irónica sobre el tiempo. El relato no necesita una gran peripecia exterior para sostenerse; le basta con exponer la fragilidad de los vínculos en presencia de una muerte que se acerca.
Hermes, narrador y observador del espectáculo humano, introduce una distancia especialmente fértil. Desde la mirada de quien no está sometido a la finitud, las preocupaciones de la familia pueden parecer desmesuradas. Sin embargo, los inmortales no aparecen como figuras moralmente superiores. También conocen celos, deseo, aburrimiento y vanidad. La inversión produce una pregunta filosófica: ¿es realmente una ventaja existir sin límite, si precisamente el límite concede peso a nuestros compromisos? Banville convierte la mitología en un instrumento para examinar lo cotidiano y permite que lo solemne y lo ridículo compartan espacio narrativo.
La casa de Arden concentra relaciones que el tiempo ha vuelto difíciles. El regreso de hijos y allegados reactiva papeles antiguos que nunca terminaron de abandonarse. Una familia no es solo un conjunto de individuos reunidos por parentesco: es una historia de expectativas, comparaciones y formas repetidas de reconocer al otro. La enfermedad del patriarca obliga a convivir con esa herencia cuando la posibilidad de corregirla empieza a reducirse. El relato sugiere que la proximidad física no garantiza comprensión y que el duelo puede comenzar mucho antes de la muerte. Cada visitante incorpora una versión parcialmente incompatible de aquello que la familia cree ser.
El título contiene un guiño a las investigaciones matemáticas de Adam y a la posibilidad de múltiples mundos. La infinitud no equivale simplemente a una cantidad enorme; cuestiona la idea de que la realidad observada agote las alternativas imaginables. Ese concepto resuena en las decisiones de los personajes, que podrían haber vivido otras vidas pero solo poseen esta. La ficción de Banville transforma una especulación abstracta en una experiencia afectiva: cada elección convierte infinitas posibilidades en una trayectoria particular. La ironía reside en que los dioses pueden contemplar muchas alternativas mientras los humanos encuentran significado precisamente porque deben comprometerse con una sola.
La mirada mitológica también altera la manera de entender el conocimiento del narrador. Una voz divina podría parecer omnisciente, pero comprender todos los movimientos de los personajes no equivale necesariamente a compartir el significado que esos movimientos tienen para ellos. Los dioses observan desde un horizonte temporal ajeno a la urgencia humana. Esa diferencia crea ironía, aunque también una limitación afectiva. Banville explora lo que ocurre cuando una supuesta superioridad cognitiva se combina con incapacidad para experimentar plenamente la pérdida. Mientras los visitantes de Arden negocian sus conflictos cotidianos, la vida de Adam se acerca a un límite que no puede aplazarse. De ahí que los pequeños incidentes conserven tanta importancia. Son irrepetibles. La novela puede leerse como un ejercicio sobre las consecuencias del tiempo limitado para la formación de vínculos. Los personajes poseen razones para actuar que no siempre saben formular y que otros pueden interpretar de manera equivocada. El humor atenúa la solemnidad de ese descubrimiento sin eliminar su tristeza. Precisamente esa coexistencia convierte la experiencia de leer a Banville en un juego intelectual y emocional.
La lectura exige aceptar cierta renuncia al argumento convencional. Los acontecimientos cotidianos adquieren sentido mediante la forma de narrarlos y por el contraste entre las perspectivas divina y humana. Banville confía en la capacidad del lenguaje para convertir detalles ordinarios en elementos de una reflexión sobre lo que significa existir. Esta apuesta puede resultar exigente para quienes esperan una acción de progresión constante, pero ofrece una recompensa diferente. Permite comprender que la literatura no necesita representar grandes sucesos para plantear problemas filosóficos. Un gesto doméstico, observado desde otra escala temporal, puede contener una pregunta sobre el valor mismo de la vida.
Los infinitos es una novela para lectores que valoran la densidad verbal, el juego de perspectivas y la coexistencia de melancolía y humor. No busca el ritmo continuo del thriller ni una sucesión de revelaciones familiares. Su interés radica en la observación minuciosa de gestos, deseos y malentendidos y en la libertad con la que une la tragedia doméstica al capricho mitológico. La relectura desde su edición actual permite apreciar una paradoja luminosa: los mortales envidian a los dioses porque pueden durar para siempre, pero quizá sean los dioses quienes carecen de aquello que hace irrepetible un instante.
// Autor: John Banville // Editorial: Alfaguara
SOBRE EL AUTOR
John Banville es un novelista irlandés reconocido por su prosa estilizada y su exploración de memoria e identidad. Ganó el Premio Booker por El mar.


