SINOPSIS
Dos años después de un naufragio que dejó al pueblo suspendido en el duelo, varios vecinos deciden recuperar su rondalla y volver a competir. La música tradicional se convierte así en una forma de reencontrarse, reparar vínculos y aprender a mirar hacia delante sin borrar a quienes faltan.
Movie Short Review
English review
Rondallas is built around a simple conviction: grief becomes bearable when it stops being private. Daniel Sánchez Arévalo returns to feature filmmaking with a Galician ensemble story in which a traditional music group is less a plot device than a temporary social structure. People who have spent two years circling the same absence begin rehearsing together, and the film understands that the act of keeping rhythm with somebody else can be a form of recovery before anyone is ready to call it that.
The director’s affection for his characters remains his strongest tool. Javier Gutiérrez, María Vázquez, Judith Fernández and the rest of the ensemble are allowed small gestures, silences and comic frictions that make the town feel inhabited rather than assembled for a screenplay. The musical sequences are especially effective because Sánchez Arévalo shoots the group as a collective body: individual faces matter, but the emotion comes from seeing them move and sound together.
The weakness is the same generosity. The film wants to care about everybody and occasionally gives each subplot more emotional weight than it can sustain. The comedy is softer than in the director’s best work and some turns toward melodrama arrive with their intentions visible from a distance. Yet the sentiment rarely feels cynical. Even when the script pushes too hard, the performers and the specificity of the Galician setting keep it from becoming generic uplift.
What survives is the idea of community as an action rather than a slogan. Rondallas is imperfect, sometimes overemphatic and deeply sincere. Its best scenes do not solve grief; they simply show people carrying it together until it weighs a little less. In a cinema increasingly obsessed with individual redemption, there is something moving about a film whose answer is a room full of neighbors trying to stay in tune.
Spanish review
Rondallas parte de una convicción muy sencilla: el duelo se vuelve algo más soportable cuando deja de ser privado. Daniel Sánchez Arévalo regresa al largometraje con una historia coral gallega en la que la agrupación musical funciona menos como recurso argumental que como una estructura social provisional. Personas que llevan dos años orbitando alrededor de una misma ausencia empiezan a ensayar juntas, y la película entiende que mantener el ritmo junto a otra persona puede ser ya una forma de recuperación antes incluso de estar preparados para llamarla así.
El cariño del director por sus personajes sigue siendo su herramienta más poderosa. Javier Gutiérrez, María Vázquez, Judith Fernández y el resto del reparto encuentran pequeños gestos, silencios y fricciones cómicas que hacen que el pueblo parezca vivido y no construido para un guion. Las secuencias musicales son especialmente eficaces porque Sánchez Arévalo filma la rondalla como un cuerpo colectivo: importan los rostros individuales, pero la emoción nace de verlos moverse y sonar juntos.
Su debilidad nace precisamente de esa generosidad. La película quiere cuidar a todo el mundo y a veces concede a cada trama secundaria más peso emocional del que puede sostener. La comedia es menos incisiva que en los mejores trabajos del director y algunos virajes hacia el melodrama llegan con sus intenciones demasiado a la vista. Aun así, el sentimentalismo rara vez parece cínico: las interpretaciones y la especificidad del paisaje gallego impiden que el conjunto se convierta en una historia genérica de superación.
Lo que permanece es la idea de comunidad entendida como una acción y no como un eslogan. Rondallas es imperfecta, a veces subraya demasiado y resulta profundamente sincera. Sus mejores escenas no resuelven el duelo; simplemente muestran a varias personas cargándolo juntas hasta que pesa un poco menos. En un cine cada vez más obsesionado con la redención individual, emociona una película cuya respuesta es una habitación llena de vecinos intentando tocar al mismo compás.



