SINOPSIS
En plena Navidad, los Ibáñez atraviesan una crisis económica y familiar que parece no tener salida. Cuando el banco está a punto de quedarse con su casa, descubren en el sótano un túnel que alguien excavó con la intención de llegar hasta la sucursal situada enfrente. Con la ayuda de Rufus, un ladrón veterano ya retirado, deciden completar el trabajo y dar el golpe de sus vidas. El problema es que coordinar un atraco puede ser más fácil que conseguir que una familia rota trabaje unida.
Movie Short Review
English review
Un plan perfecto is built on a premise so efficient that the film spends very little time pretending to be anything other than a broad family comedy with a heist attached. The Ibáñez family are broke, exhausted with one another and facing eviction; then a tunnel appears beneath their home pointing directly at the bank responsible for their misery. María Pulido understands the comic usefulness of that setup. The crime is not treated as a moral abyss but as a ridiculous practical project, a new domestic chore that forces people who can barely share a room to share a criminal plan. The best jokes come from that collision between family routine and genre machinery.
Jordi Sánchez and Raquel Guerrero give the film its most recognisable domestic tension, while Leo Harlem is used less as a conventional leading man than as a pressure valve. Rufus, the retired thief who becomes the family’s guide, gives Harlem a role that suits his dry timing: he can explain the rules of a robbery while looking permanently unconvinced that these people should be trusted with a screwdriver. Ernesto Sevilla operates in a similar register, adding chaos without requiring the script to stop for a separate comic subplot. The ensemble is deliberately louder than life, but Pulido generally keeps the performances within the same tonal world.
The film is more successful as a comedy of incompetence than as a heist movie. Its suspense mechanics are basic and anyone expecting elaborate reversals or the satisfying precision of a caper will find the criminal side intentionally underdeveloped. Yet that limitation is also part of the design. Digging the final metres of the tunnel becomes an excuse to expose old resentments, broken expectations and the absurd hierarchies that survive inside a family even when everyone claims to be starting again. The robbery is not really about money; it is a forced team-building exercise with potentially prison-shaped consequences.
Pulido’s direction favours pace over visual invention. The house, tunnel and bank are clearly mapped, which is essential for the gags, but the staging rarely tries to transform those spaces into something surprising. Instead, the film depends on rhythm, reaction shots and the accumulation of small mistakes. Some jokes are aggressively telegraphed and a few emotional beats arrive with the softness of mandatory family-film lessons, especially when the screenplay starts explaining what the characters have learned. The Christmas setting also pushes the story toward reconciliation long before the characters are ready for it, making parts of the third act easier to predict than they need to be.
Still, Un plan perfecto has the advantage of knowing exactly what audience it wants. It is warm, accessible and willing to let its cast be foolish without turning them into contemptible caricatures. The film’s modest pleasure lies in watching a dysfunctional group slowly discover that cooperation is possible precisely because none of them is competent enough to succeed alone. The sentimental resolution is unsurprising, but the route toward it contains enough comic energy to justify the trip. As a heist film it is lightweight; as a family comedy about people literally digging themselves out of a hole, it is considerably more effective.
Spanish review
Un plan perfecto parte de una premisa tan eficaz que la película apenas pierde tiempo fingiendo que quiere ser otra cosa distinta de una comedia familiar amplia con un atraco incorporado. Los Ibáñez están arruinados, cansados unos de otros y a punto de perder su casa; entonces aparece bajo su sótano un túnel que apunta directamente al banco responsable de su desgracia. María Pulido entiende enseguida la utilidad cómica de esa situación. El delito no aparece como un abismo moral sino como un proyecto doméstico absurdo, una nueva tarea de casa que obliga a personas incapaces de compartir una habitación a compartir un plan criminal. Los mejores chistes nacen precisamente del choque entre la rutina familiar y la maquinaria del cine de robos.
Jordi Sánchez y Raquel Guerrero aportan la tensión doméstica más reconocible, mientras Leo Harlem funciona menos como protagonista convencional que como válvula de escape. Rufus, el ladrón retirado que se convierte en tutor improvisado de la familia, le permite aprovechar especialmente bien su sequedad: puede explicar las reglas de un atraco mientras mantiene la expresión de quien no confiaría a esa gente ni un destornillador. Ernesto Sevilla trabaja en un registro parecido, añadiendo caos sin obligar al guion a detenerse para abrir una trama cómica paralela. El reparto está deliberadamente pasado de vueltas, pero Pulido consigue que casi todos pertenezcan al mismo universo tonal.
La película funciona mejor como comedia de incompetentes que como cinta de atracos. Sus mecanismos de suspense son elementales y quien espere grandes reversos, planes minuciosos o la satisfacción matemática de un buen golpe encontrará una parte criminal intencionadamente ligera. Sin embargo, esa limitación también forma parte del diseño. Excavar los últimos metros se convierte en una excusa para sacar a la superficie rencores, expectativas rotas y esas jerarquías familiares que siguen funcionando incluso cuando todos aseguran que quieren empezar de nuevo. El robo importa menos por el dinero que por convertirse en una terapia de grupo con consecuencias potencialmente penitenciarias.
La dirección de Pulido privilegia el ritmo antes que la invención visual. La casa, el túnel y el banco están bien definidos espacialmente, algo fundamental para que funcionen los gags, aunque la puesta en escena rara vez intenta transformar esos lugares en algo inesperado. La película confía más en las reacciones, en los tiempos cómicos y en la acumulación de pequeños errores. Algunos chistes están demasiado anunciados y ciertos momentos emocionales llegan con la suavidad de una moraleja obligatoria, sobre todo cuando el guion empieza a explicar qué ha aprendido cada personaje. El entorno navideño empuja además hacia la reconciliación antes de que los propios personajes parezcan preparados para ella.
Aun así, Un plan perfecto tiene a su favor saber exactamente qué película quiere ser y para quién está hecha. Es accesible, cálida y permite que su reparto sea ridículo sin convertir a los personajes en caricaturas despreciables. Su placer modesto consiste en ver cómo un grupo disfuncional descubre poco a poco que colaborar es posible precisamente porque ninguno posee suficiente competencia para triunfar solo. La resolución sentimental es previsible, pero el camino mantiene suficiente energía cómica para justificarla. Como película de atracos resulta liviana; como comedia sobre una familia que intenta salir literalmente del agujero en el que se encuentra, funciona bastante mejor.



