SINOPSIS
Tras once años de ausencia, la protagonista de El río vuelve a los escenarios de su niñez. El pueblo por el que correteaba los veranos ya no existe, ha sido cubierto por las aguas del pantano, y solo emerge, como inquietante aparición, con el calor de agosto. Desde esa presencia irreal y envolvente, Ana María Matute nos ofrece la visión de una infancia tan mágica como irrecuperable. Los lobos, los mendigos, los disfraces, la muerte de un niño, la niebla, las nubes o el eco son algunos de los elementos de esa evocación, que integra realidad y misterio.
BOOK SHORT REVIEW
ENGLISH REVIEW
The River, by Ana María Matute, is one of those books that may be short in length but immense in resonance, a work that seems to be made of water, memory, and mist. Here, the author returns to the landscapes of La Rioja from her childhood, but she does not do so through easy nostalgia or orderly recollection. Instead, she offers a much deeper, almost ghostly evocation. After eleven years away, the protagonist returns to the place where she spent the summers of her childhood, but that place no longer exists as she remembered it: the village has been covered by the waters of the reservoir and only reappears, disturbingly, when the heat of August lowers the water level. That image is both beautiful and painful: a submerged village that emerges from time to time like a memory refusing to disappear completely. Matute turns that return into a deeply powerful emotional experience, because it is not only about going back to a physical place, but about confronting the impossibility of recovering who we once were.
The most beautiful aspect of The River is the way Ana María Matute blends the real with the mysterious until the two seem inseparable. Wolves, beggars, costumes, clouds, mist, echoes, childhood deaths, and presences that feel both like fairy tale and wound all appear in its pages. Everything belongs to the world of childhood, but not to an idealized or entirely luminous childhood. Rather, it is that distinctly Matutian childhood in which beauty coexists with fear, imagination with loss, and innocence with a first awareness of pain. The river, the reservoir, and the submerged village function almost as symbols of memory: what has been lived does not disappear, but neither does it remain intact. It returns fragmented, reshaped by time, wrapped in a strange atmosphere. And there lies one of the book’s great virtues: Matute does not explain childhood; she summons it. She makes it appear before the reader like a suspended image, delicate and unsettling, full of details that seem simple but leave a very deep impression.
This edition, illustrated by Raquel Marín and published by Nórdica, also seems especially well suited to such a visual and sensory text. The River does not need elaborate narrative devices, because its strength lies in its tone, its atmosphere, and Matute’s unmistakable way of looking at the world through a sensibility that is wounded and luminous at the same time. It is a delightful read, yes, but also a melancholic, unsettling, and profoundly literary one. The author’s reflection on childhood captures the heart of the book very well: what we experience as children, especially what impresses us most deeply, remains with us over the years even when we try to forget it. The River speaks precisely of that: of places that disappear, of people who are no longer there, of memories that return when least expected, and of that part of childhood that remains submerged within us, perhaps waiting for some inner August to rise to the surface once again.
SPANISH REVIEW
El río, de Ana María Matute, es uno de esos libros pequeños en extensión pero inmensos en resonancia, una obra que parece construida con agua, memoria y niebla. La autora regresa aquí a los paisajes de La Rioja de su infancia, pero no lo hace desde la nostalgia fácil ni desde el recuerdo ordenado, sino desde una evocación mucho más profunda, casi fantasmagórica. La protagonista vuelve tras once años de ausencia al lugar donde pasó los veranos de su niñez, pero ese lugar ya no existe tal como lo recordaba: el pueblo ha quedado cubierto por las aguas del pantano y solo reaparece, de forma inquietante, cuando el calor de agosto hace descender el nivel del agua. Esa imagen es preciosa y dolorosa a la vez: un pueblo sumergido que emerge de vez en cuando como si fuera un recuerdo que se resiste a desaparecer del todo. Matute convierte ese regreso en una experiencia emocional muy poderosa, porque no se trata solo de volver a un espacio físico, sino de enfrentarse a la imposibilidad de recuperar aquello que fuimos.
Lo más hermoso de El río es la forma en que Ana María Matute mezcla lo real con lo misterioso hasta que ambos planos parecen inseparables. En sus páginas aparecen lobos, mendigos, disfraces, nubes, niebla, ecos, muertes infantiles y presencias que tienen algo de cuento y algo de herida. Todo pertenece al mundo de la infancia, pero no a una infancia idealizada o completamente luminosa, sino a esa infancia matutiana donde la belleza convive con el miedo, la imaginación con la pérdida y la inocencia con una primera conciencia del dolor. El río, el pantano y el pueblo sumergido funcionan casi como símbolos de la memoria: lo vivido no desaparece, pero tampoco permanece intacto. Vuelve fragmentado, deformado por el tiempo, envuelto en una atmósfera extraña. Y ahí está una de las grandes virtudes del libro: Matute no explica la infancia, la convoca. La hace aparecer ante quien lee como una imagen suspendida, delicada y perturbadora, llena de detalles que parecen sencillos pero que terminan dejando una impresión muy honda.
Esta edición ilustrada por Raquel Marín, publicada por Nórdica, parece además especialmente adecuada para un texto tan visual y sensorial. El río no necesita grandes artificios argumentales porque su fuerza está en el tono, en la atmósfera y en esa manera tan característica de Matute de mirar el mundo desde una sensibilidad herida y luminosa al mismo tiempo. Es una lectura deliciosa, sí, pero también melancólica, inquietante y profundamente literaria. La frase de la autora sobre la infancia resume muy bien el corazón del libro: aquello que se vive de niño, sobre todo lo que más nos impresiona, permanece a lo largo de los años aunque intentemos olvidarlo. El río habla precisamente de eso: de los lugares que desaparecen, de las personas que ya no están, de los recuerdos que regresan cuando menos se los espera y de esa parte de la niñez que queda sumergida en nosotros, esperando quizá un agosto interior para volver a salir a la superficie.
// Autor: Ana María Matute // Editorial: Nórdica
SOBRE EL AUTOR
Ana María Matute (Barcelona, 1925-2014). Escritora y miembro de la RAE, es considerada por muchos una de las mejores novelistas de la posguerra española. Recibió los premios literarios más prestigiosos por su obra: el Premio de la Crítica, el Premio Nacional de Literatura o el Premio Nadal. También es autora de cuentos infantiles y de varios libros de relatos. Miembro de la Hispanic Society of America, en 2007 fue galardonada con el Premio Nacional de las Letras por el conjunto de su obra y en 2010 con el Premio Cervantes.




